martes, 25 de septiembre de 2012


La semana transcurrió tranquila. El lunes a medio día llegó un hermano congoleño (religioso), que estaba de paso hacia Swazilandia y a la espera del visado para entrar en este país, y las hermanas le alojaron hasta el viernes. Como hablaba francés e Inglés, las hermanas le mandaron a comer y cenar con nosotras para que se comunicara con alguien porque, aunque hay alguna hermana que habla 5 idiomas, esas lenguas las tienen oxidadas. A cuenta de esto, al día siguiente mientras charlábamos con ellas sobre el tema se me ocurrió decir que necesitaban unas clases de recuerdo… y dos ya me han preguntado en serio que cuándo empiezan las clases, ¡así que empezaré a prepararlas!

El martes por la noche llegó Inés, una portuguesa  que también se va a quedar aquí por un tiempo, aunque sus planes en un principio no eran estos, si no trabajar en un proyecto en el norte del país que al final no salió adelante. Así que somos tres, y el día 2 de Octubre llega una amiga de Palencia también.

Dar de comer a los niños va siendo cada vez más fácil.  He cogido la costumbre de dar de comer a Olga, una niña con tetraparesia espástica, retraso del desarrollo…  Es preciosa y la mayoría de las veces está en su mundo, pero cuando te sonríe se te alegra el día J. Tiene una risa encantadora y  escandalosa, y se parte de risa cuando juegas al escondite con ella. Es muy graciosa. Se la entiende decir ‘agua’. Hay días que come mejor que otros, y días que le apetece menos levantar la cabeza, pero he descubierto otro truco: le pongo la cuchara en la mano y ella se la lleva a la boca, y así lleva dos días comiéndose todo el plato.


La quemadura de Manuel está mejorando, aunque viene cada día con el vendaje tan sucio que no entiendo como no se infecta la herida. Tocaremos madera.

El fin de semana Telma y yo decidimos ir a Bilene, un pueblecito de costa a unos 200 km al Norte. Tuvimos mucha suerte con la primera chapa, porque desde casa nos llevó a la Junta, que es una explanada que hace las veces de estación de chapas, y en cuanto llegamos  la chapa que iba a Masía ya estaba allí, así que pensamos que el trayecto nos iba a durar menos de lo pensado incluso J. Ingenuas. Estuvimos una hora metidas en la chapa esperando a que se llenase. Bueno, a que rebosara… Me pinté las uñas con el esmalte de Telma y compré pendientes por 15 meticales a un chico que los vendía (como muchas otras cosas: papel higiénico, cosméticos, pasta de dientes, pan, plátanos, y bolachas por supuesto) a través de la ventanilla. Cuando estuvimos todos (20 personas, el conductor y el cobrador, que iba encorvado y creo que sentado en las rodillas de una señora) arrancamos.




El paisaje era bonito. Se ven casas y pallotas a los lados de la carretera, que está asfaltada bastante uniformemente y a veces incluso tiene las rayas pintadas, eso sí, sin señales de tráfico. La velocidad máxima es la que permite el vehículo, y el nuestro en las cuestas coge una velocidad que da vértigo. Junto a las casas cabritos y animales de carga que tiran de los arados, mujeres (muchas veces con los hijos a la espalda) y niños trabajan en el huerto, sacan agua del pozo, tiran de carretillos…

Por la carretera circulan bastantes bicicletas. Debe de ser el deporte de riesgo en Mozambique. Vamos comiendo bolachas mientras avanzamos, y encontramos dos controles policiales que afortunadamente no nos retrasan mucho. La vegetación va aumentando, y ahora se ven muchísimos mangos cargados del fruto inmaduro. La cultura popular dice que el mango es el ‘árbol de Dios’ y que como tal no tiene dueño, aunque le plantes en tu jardín…

La chapa llega a Macía a las 9:45 am, nos deja en un cruce y caminamos hasta el siguiente para coger otra chapa hasta la playa. Esperamos 15 minutos hasta que encontramos una que nos llevaba a la playa y donde cabíamos en una posición normal. Pero cambió la dirección y se dirigió a Macía en vez de la de la playa. Reconfirmamos el destino: ‘Sí, va a playa, sí’, La chapa nos llevó de ruta por la calle del mercado, recogiendo materiales de construcción, cajas de cervezas, hortalizas…que cargaba en el remolque. Hizo unas 6 paradas, y la montaña de productos aumentaba a la vez que disminuía nuestra paciencia. Ahora la chapa iba llena, y un hierro se me clavaba en el muslo a la vez que mis rodillas sujetaban el respaldo del asiento de delante. Cuando la chapa terminó de hacer la compra (45 minutos después) volvió al cruce donde la habíamos cogido y, ahora sí se dirigió a Bilene. Como la carga que habíamos recogido tenía sus destinos, fuimos parando a lo largo de los 30 km hasta el pueblo y una vez allí, la chapa nos deleitó con un tour por las calles del municipio. La playa era la última parada. Eran las 12. Habíamos tardado 6 horas en recorrer 200 km.

Pero mereció la pena. La playa de Bilene, que realmente es un lago de 27 km de largo que se une al Índico, es de arena blanca y aguas cristalinas (como ponía en la guía J). Las barquitas varadas abandonadas en la orilla le aportan gran encanto. Imágenes que contrastan continuamente: un hombre mozambiqueño recoge el equipaje de un señor extranjero que desembarca en la orilla con sus dos perros, de vuelta de una paseo en su lancha motora; niños mozambiqueños fabrican cestitas con juncos y hojas de palma que luego te ofrecen, sabiendo que no las necesitas pero sacando el valor para no pedir dinero a cambio de nada. Nosotras descansando en la arena. Cuesta no sentirse culpable continuamente.







Conseguimos alojamiento por 12 euros y cenamos en un bar regentado por una familia sudafricana, con las paredes forradas de banderas de los equipos de rugby, muy acogedor. Cenamos viendo el derby del día: Lions Vs Sharks.

El día siguiente amaneció nublado y ventoso, y a las 13 cogimos el autobús a Maputo. No era más cómodo que la chapa, pero era directo.

Las personas se agolpan en el pasillo a medida que se va llenando, y huele mal. Lo describo objetivamente y sin rechazo alguno, pero la realidad es esta. Sus ropas están sucias y desgastadas, y su piel cuarteada, con mugre en las uñas y pliegues de las manos. El señor mayor sentado delante tose frecuentemente.

No es una imagen triste, porque las personas no lo son, pero es una imagen para reflexionar.

Los recuerdos de mi tierra contrastan continuamente con la realidad aquí: con el paisaje, los colores, el desorden, la suciedad…pero sobretodo con los niños. Aparecen de repente. Salen corriendo de entre los árboles o las pallotas, sin miedo ni vergüenza, con su camiseta grande y sus calzas rotas, con sus risas y sus gritos de: “Molungo, Molungo”! “Mamá!”. Sus pies descalzos, ágiles sobre la arena.
Les encantan las fotos y te rodean esperando que les saques alguna y les enseñes su imagen en la pantalla. Se vuelven locos J, y eso es encantador.

No puedo evitar fijarme en que muchos tienen problemas motrices.

El autobús sigue su camino; la gente sube y baja, y en las paradas los vendedores se acercan para ofrecerte sus productos. A mi lado se ha sentado ahora un chico, más o menos joven (no me resulta fácil calcular la edad aquí), y me habla en inglés, aunque le digo que entiendo portugués más o menos bien. Es profesor de biología, y lleva la biblia en la mano. Me pregunta si sé lo que es. Sonrío y le digo que sí, que a mí también me gusta la novela histórica, pero creo que no entiende la broma, o no le hace gracia… L


martes, 18 de septiembre de 2012


Durante el domingo llovió todo el día. Bajamos a la ciudad a las 9:30 , Celeste, la Sra. Ernestinha y su hija, Luis, Telma y yo.
Lo único que pudimos hacer, a causa de la lluvia, fue estar en un centro comercial (lleno de molungos) y después coger una chapa hasta el mercado del pescado, donde queríamos comer. El mercado es pequeño, y el pescado no es muy variado, pero por un precio asequible puedes comprar el pez que quieras y pedir que lo cocinen en uno de los bares del mercado para comerlo allí mismo. El mecanismo está genial, la verdad. Eliges tu mismo el pescado, así que puedes valorar lo fresco que está J. Comimos Lubina a la brasa y Camarones. Estaba buenísimo.
Además, como estaba lloviendo, había muy poca gente y estabamos solos en el bar, por lo que  no tardaron demasiado en cocinarlo. Solo una hora.

Cuando regresamos a casa ya eran las 18:30, de noche completamente, y esta vez no tardamos más que 30 minutos en llegar.

En la puerta de casa nos encontramos con Manuel, un niño que viene al centro, su papá y su mamá. Venian de urgencia bajo la lluvia porque Manuel se había escaldado y tenía una quemadura enorme en la pierna. El niño debía de estar jugando encima de una silla, se cayó sobre la cocina y se escaldó con el agua que estaban calentando.
Su familia vive en una pallota, que es una choza de cañas, y tienen una cama que ocupa la mitad de la estancia, unas sillas de plástico y sus pertenencias colgadas por el techo y las paredes. La estancia tendrá 10 m cuadrados, y tienen un lugar para quemar el carbón y cocinar junto a la cama. El padre está enfermo de SIDA y tuberculosis. Además ha perdido mucha visión porque el tratamiento farmacológico le ha producido ceguera. Ahora la madre también está enferma, pero no saben decirme qué le ocurre.
Le enviamos al hospital porque la quemadura era muy grande, y ayer cuando vino al centro nos encontramos con un vendaje muy sucio y completamente adherido. Apenas había medios para hacer la cura, así que esperemos que no se complique.









sábado, 15 de septiembre de 2012

Hoy sábado ha sido un día largo... acabamos de llegar a casa y sigue lloviendo a cántaros desde ayer por la noche. Bajamos a Maputo a las 10:30 y llegamos a las 12, tras coger dos chapas en las que fuimos bastante cómodos para lo habitual.

Paseamos por el Mercado Central y después de comer estuvimos refugiados en el centro comercial un rato, antes de decidir que, para estar viendo como otros se gastaban el dinero, preferíamos irnos a casa.

Nos calamos de camino a la estación central, donde estuvimos esperando una hora a que llegara un bus-chapa que se dirigiera hacia donde queríamos. Y cuando lo encontramos,¡ justo nos telefonea la Hna. Celeste  para decirnos que estaba en Maputo ¡y que nos llevaba a casa! Nos bajamos en la parada siguiente y nos montamos en el coche... Salvados por las hermanas :-)

Había atasco desde Maputo hasta prácticamente 5 Km antes de casa, así que hemos tardado 2 horas en llegar, humedos, pero refugiados...

Las calles son un barrizal, y las balsas de agua a esta hora se han convertido en ríos. La mayoría de la gente camina para llegar a casa (en chanclas), mientras que los que pueden permitírselo cogen una chapa, muchas veces de las de remolque, por lo que van igualmente mojándose... dejo alguna foto, que describe el día mejor que las palabras.
















Ya ha pasado otra semana más. El trabajo transcurre tranquilo y apenas hay novedades a lo largo de los días.

¡El jueves hubo sorpresa!. La Hna. Celeste y Amilkar, uno de los trabajadores del centro, llegaron sobre la una de la tarde, cada uno conduciendo un 4x4 con los maleteros llenos hasta arriba de comida donada por un supermercado. Uno de los camiones de transporte había  tenido problemas para pasar desde Sudáfrica y los productos habían caducado ese mismo día o el día anterior, por lo que ya no se podían vender. Estuvimos descargando los coches cerca de 30 minutos. Uno de los remolques iba lleno solamente de lechugas envasadas, bolsas de ensalada y espinacas, más hortalizas y verduras envasadas… Las ensaladas se repartieron entre las mamás del centro y la gente que recogía a los niños por la tarde. El resto de productos, magdalenas, croissants, y otros dulces, se llevaron a la cocina para las meriendas de los niños o las comidas del centro. Los productos precocinados, tipo ensaladas con mahonesa, patatas bravas, cus cus… los consumen los adultos, las hermanas o los voluntarios.

¡Por la tarde por fin recibí un mensaje de Beatrice!, la doctora escocesa que conocí en Maputo, preguntando si el sábado por la mañana sería un buen día para visitar el centro. La dijimos que no habría problema, aunque sería mejor si pudiera venir un día de diario para conocer a los niños, que son lo realmente importante aquí, y la idea la convenció.

Ayer viernes, fue el último día de trabajo en el centro para Felipe, un fisioterapeuta mozambiqueño que marcha a la provincia de Manica para trabajar en un hospital. De momento es el único fisio que tendrá el hospital. Su promoción es la primera en graduarse en Mozambique, así que seguro que no les faltará trabajo.

La despedida que le hicieron las mamás y trabajadoras fue emocionante. Siempre que alguien marcha, las mamás cantan, bailan, la señora Hirundina da un discurso que hace que se te salten las lágrimas, sea o no sea tu propia despedida, y los besos y abrazos de los niños hace que el adiós sea aun más difícil…

Beatrice y su familia habían quedado en venir al centro alrededor de las 15 h, aunque les costó encontrar la dirección y cuando llegaron muchos niños habían marchado ya, ¡pero tuvo la suerte de asistir a la despedida de Felipe! Darek se quedó en el coche con los niños, uno de 2 años y otro de 1 mes, dijeron que por precaución, ya que aún no han sido vacunados de ciertas enfermedades. Beatrice quedó muy sorprendida por lo bien que tienen montado el centro las hermanas, y por todo el trabajo que se realiza cada día. Como se hacía de noche no pudo pasear por la machamba (el huerto), pero la Hna. Celeste la obsequió con una caja de fresas y una lechuga recién recolectadas y la agradeció su voluntad de ayudar en el centro, el tiempo que pudiera.

Y hoy ya es sábado. Día 15, ¡cumpleaños de mi padre!… el día 6 fue el de mi hermana y el 16 de Octubre el de mi madre, así que me los pierdo todos… Lo celebro con un vaso de leche caliente y el dulce más preciado de Mozambique: las bolachas (galletas) Tras madrugar para escribir la entrada de la semana en el blog (y tenerla lista para cuando haya internet), bajaremos a Maputo a pasar el día. Esta noche ha llovido bastante así que nos calzaremos las botas de montaña para no llenarnos de barro. ¡Esperemos que las chapas no tengan overbooking! (seguro que sí…).

domingo, 9 de septiembre de 2012


Esta semana ha llovido mucho. El martes por la noche comenzó y prácticamente no paró hasta el  jueves. El viernes día 6 es festivo en Mozambique, por lo que el Centro de Rehabilitación no abría y aproveché para bajar a Maputo el jueves por la tarde. Tardé una hora y media en llegar, investigando qué chapas tenía que coger y en que paradas me tenía que bajar. En la segunda chapa saqué el mapa como pude (la rodilla del hombre de mi izquierda estaba incrustada en mis costillas) y le pregunté a la chica de al lado a cerca de las paradas que había en la ciudad. Apenas nos entendimos. Cómo me vería que cogió un bolígrafo y me apuntó en el mapa su número de teléfono (aquí TODO el mundo tiene móvil, muchos sin saldo, pero tienen teléfono) y me dijo: “si no llegas, me llamas”.
Llegué a mi parada (bueno más bien decidí bajarme e ir caminando) ya de noche, sobre las 6, y a la luz de algún comercio me encontré en el mapa y me fui al hostal. Llegué 20 minutos más tarde sin entretenerme por el camino porque había quedado a las 6:30 con una chica española y su pareja para ir a un concierto. El hostelero muy majo me enseñó la casa. Es muy chula, y limpia, y por lo que cuesta la noche (unos 10€, que aquí es baratísimo) no se puede pedir más. Me llevó al piso de abajo donde había una salita con 2 literas. Una estaba ocupada y de la otra escogí la cama de abajo, dejé mis cosas y salí a encontrarme con mi amiga.
El concierto de música africana estuvo muy animado. Era una banda de músicos y cantantes que se habían unido y uno de ellos era un músico gallego y tocaba la guitarra. Después del concierto nos acercamos a conocerle.
Cuando llegué al hostal a las 11 y algo los ocupantes de la litera contigua ya estaban dormidos y cuando me desperté por la mañana ya se habían marchado así que no sé con quién dormí...  Creo que era una pareja portuguesa.
A la mañana siguiente paseé por la ciudad y después me fui al centro comercial hasta la hora de comer. Esperando mi hamburguesa (de ternara, no pollo…), me saludó una pareja joven con dos niños pequeños, también extranjeros, y me preguntaron sobre lo que hacía aquí y cuanto tiempo me quedaba. Ellos eran escoceses, y él llevaba aquí 4-5 meses trabajando y estaría aquí por dos años. Su pareja había venido hacía 2 meses y su niño pequeño había nacido aquí en Mozambique. El otro niño tenía 2 años. Hablando con la mujer me dijo que era médico de familia, y que mientras estaba de baja por maternidad, si yo pensaba que ella podría hacer algo como voluntaria en el centro de las hermanas. Me emocioné y le dije que clarísimamente las hermanas estarían muy agradecidas, y que además ahora no hay médico en el centro. Intercambiamos números y quedé en mandarla un mensaje. Ójala se decida a venir, aunque sea un día por semana…
La vuelta al Centro de las hermanas me llevo otra hora y media. Llegué asfixiada entre el peso de la mochila, y la masificación de la chapa en la que vine.
Ayer sábado bajé con la Hna. Celeste a Maputo para vender a los restaurantes las lechugas, judías verdes, perejil, huevos… que ellas producen. Pasamos por el mercado central para comprar anacardos, y volvimos para casa. De vuelta pasamos por un supermercado (muy chic para lo que la gente puede permitirse) y nos dieron unas cuantas cajas con productos recién caducados o a punto de caducar, en perfecto estado. Una práctica que creo que es de sentido común, mucho más racional que tirarlo todo a la basura, como hacen la mayoría de los supermercados  en nuestro país con productos que perfectamente se pueden consumir, y que el donarlos a organizaciones o centros de distribución de alimentos no les suponen ninguna pérdida de beneficios. En fin, la mitad del mundo muere de hambre mientras la otra mitad especula con los alimentos.
Hoy domingo me lo tomo de relax, escribiendo un poco y organizando y pasando las fotos.











miércoles, 5 de septiembre de 2012

El día en el Centro


Las hermanas tienen un huerto y árboles frutales, y crían pollos y conejos. Esto las hace prácticamente autosuficientes para su alimentación y gran parte de la de los niños y madres. A parte necesitan comprar  la leche de continuación, leche  y el arroz, galletas y cereales para las papillas, y aceite y demás alimentos para cocinar.
La verdad es que tienen mil y un gastos, y que es de gran ayuda el dinero que la gente les dona. La ropa usada que les llega, es  clasificada y entregada de una forma racional a las personas que acuden al centro.
Poco a poco me voy haciendo al portugués, y lo voy entendiendo. Es importante porque así puedo preguntar a las hermanas sobre las historias familiares de los usuarios del centro. La mayoría son madres muy jóvenes (entre 20 y 25 años) y cuidan solas de sus hijos deficientes. Algunas cuentan con familia cercana pero hay veces que sus propias familias les niegan la ayuda.
Hoy las hermanas han acogido a una chica y a su bebé, porque carecen de medios para subsistir. Acogerán en el centro de día a su hija y la bañarán, le darán pañales y la alimentarán, y a la mamá le darán un pequeño sueldo a cambio de trabajo. Así funciona el centro. Se ayuda a la gente que se puede dándoles trabajo, como cuidadoras de los niños o trabajadoras del huerto, cocina…  Hacen lo que pueden.  También pagan el transporte a algunas personas que no pueden permitirse venir hasta aquí, ya sean madres, niños o adultos. Los adultos que están en el centro de día son enfermos mentales y además de recibir tratamiento a cuenta de las hermanas,  realizan talleres y actividades recreativas.  
También ha llegado un niño nuevo, creo que de forma temporal, ya que a causa de la malaria ha necesitado varias transfusiones y, debido a la anemia, está débil, tiene edemas… van a tenerle en el centro de día unos días para que se recupere del todo.
Además, cada viernes entregan una cesta básica de alimentos a 36 familias. Y seguro que tantas otras cosas de las cuales ya me iré enterando. Es tanta información que me es imposible recordar todo. Me voy a llevar la libreta a modo de periodista.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Fines de semana

El servicio de rehabilitación y cuidado de niños abre del lunes  a viernes, asique los fines de semana aprovechamos para conocer la ciudad o lugares cercanos.

El primer fin de semana fuimos a la Isla de Inhaca. El viaje en el barco fue un desfile de gente mareada por el intenso oleaje. Cuando llegamos, el barco paró en el mar, cerca de la isla, y fueron a recogernos en patera para llevarnos a la playa. Nos pidieron 20 meticales por el trayecto, aparte de los 550 del viaje en barco. Al día siguiente el barco no pudo zarpar por el viento, así que nos tocó quedarnos un día más comiendo pollos y arroz en el bar de la isla, cuyos dueños eran los mismos que del hostal y también del barco. O eso parecía porque estaban en todos los sitios… Al día siguiente recorrimos el estrecho hasta el barco en las pateras nuevamente y estuvimos 2 horas o más esperando a que subiera la marea porque el barco había encallado. Algo que aprendes rápido en Mozambique es a no confiar mucho en tus planes y a reírte de la desorganización general que reina en el país (¡y hasta a apreciarla!).









Este sábado fuimos al Parque Kruger, en Sudáfrica, una visita obligada que puede alargarse tanto como se desee pues existen campings y hoteles en su interior para alojarse y recorrer el parque por la noche, y al atardecer y amanecer, que posiblemente sea cuando más animales aparezcan.